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Adicciones: ¿Son lo que parecen?

Requiem for a dream

“Los problemas se dejan intactos cuando resultan incompatibles con los métodos”
(Ortega y Gasset. Antiutopismo)

Adicciones, homeostasis, castigos y otras magufadas para no dormir

Las adicciones son un arduo y complejo asunto que muchos intentan hacer de ello un reduccionismo simplista que peca de hipocresía. Un término del que tenemos alta consciencia puesto que recurrimos des de experiencias cotidianas tal y como el café de las mañanas hasta ejemplos más severos como nuestro amigo de Trainspotting, introduciéndonos en el mundo de la heroína, o el protagonista de Requiem for a Dream robándole el televisor a su madre para empeñarlo.

En esta entrada diversos conceptos intentaran ser aclarados con la intención de no juzgar tajantemente, como solemos hacer, a aquellos que las padecen comprendiendo como algunos de los métodos diarios tan arraigados que tenemos no son tan efectivos como pensamos.

Adicción y refuerzos

El concepto adicción popularmente entendido, de algún modo, es equívoco dado que suele sustentarse en confusos razonamientos donde el rol protagonista acaba siendo otorgado a las sustancias en sí y, nada más lejos de la realidad, estas últimas no tienen un papel tan decisivo como parece. De hecho, no es nada extraño encontrarse dependencias a una variedad inmensa de conductas o rituales que apenas tienen poder alguno de generar síndrome de abstinencia. Las dependencias a drogas altamente adictivas tienen otros componentes más destacables que la mera sustancia en sí, como podrían ser los propios aprendizajes y asociaciones que creamos alrededor de ella.

¿Que ocurre con las drogoadicciones si la droga no es tan relevante como pensamos? Debemos atender a un concepto de vital importancia: los refuerzos. Las conductas humanas y animales, en gran parte, están moldeadas por lo que suponen en un futuro donde toda acción suele realizarse en base a lo que produce, posibles expectativas o presencia de estímulos que inducen a ello.

Cuando un comportamiento queda reforzado, véase el ejemplo de recibir una remuneración extra en el trabajo por una mayor producción, tendrá muchas más posibilidades de ser reiterado en el futuro. En un principio, alguien con una fuerte dependencia a una droga, la consumirá por refuerzo negativo a la vez que positivo, es decir, primero evitar síndrome de abstinencia y segundo disfrutar de los efectos que provoca. A pesar de la sencillez, lo mencionado son efectos que simplemente residen en la sustancia, son la envoltura que parece llevarse todo posible protagonismo. Pero… ¿Dónde queda la importante consideración de refuerzos que actúan sobre el contexto del individuo? No es moco de pavo lo que puede llegar a producir cuestiones como la evasión del estrés, el olvido de la falta de afectividad que padece un individuo o la postergación de innumerables preocupaciones que le atormentan la mollera.

Generalmente sobrevaloramos el aspecto fisiológico referente a la sustancia mientras dejamos en segundo plano, y prácticamente olvidado, el socio-ambiental cuando en realidad el quid de la cuestión tal vez se halle en este último. En varios experimentos se ha visto que, cuando se ofrece a los sujetos de estudio más de un tipo de refuerzos, hay competencia entre ellos. En monos se veía una preferencia a los plátanos antes que a la cocaína y las ratas preferían acceder a otra rata receptiva antes que consumir glucosa o cocaína. El factor situacional también destaca por tener gran influencia, los que estaban encerrados en espacios pequeños tendían a consumir mucha más cantidad de droga o glucosa que los que disponían de espacios más abiertos. Otro más interesante fue en un estudio de desintoxicación compuesto por dos grupos donde uno de ellos, por completar con éxito el programa de rehabilitación, se les ofrecía como refuerzo un cheque monetario. El grupo reforzado por dinero tuvo casi un 70% de éxito.

¿Quiere decir esto que debemos ofrecer dinero, sexo o comida azucarada a alguien adicto de cara una exitosa desintoxicación? En absoluto, pero nos evidencia la existencia de una competencia entre refuerzos y la posibilidad de considerar que el impulso a la adicción sea producida por el contexto y la presencia de alguna carencia que les dirige a elegir la droga para suplirla. En otras palabras, un ambiente donde el único refuerzo percibido por el sujeto se halla en aquello a lo que es adicto.

Placer, dopamina y homeostasis

Nuestro sistema aún nos continúa guiando de manera muy primitiva en algunos aspectos a partir de dos mecanismos principales, un método de acercamiento (hedonismo, placer) y otro de retirada (estrés, dolor). Normalmente la esencia se halla en mantener una homeostasis, un balance entre ambos. Hay que poseer una cantidad hedónica suficiente para no caer en una retirada crónica, de igual modo que tenemos que sacrificar el placer fácil cortoplacista para conseguir metas productivas a largo plazo. Cuando este sistema se encuentra desregulado, hacía cualquiera de los dos polos opuestos, surgen los problemas reflejados en conductas consumistas e impulsivas con sus correspondientes consecuencias o, por otro lado, situaciones depresivas reacias a todo movimiento.

Este desbalance difícilmente está causado por un único factor, siendo altamente multifactorial. Tenemos componentes genéticos como los niveles basales de dopamina del individuo, que supondrá una inclinación hacía un lado de la balanza. Este famoso neurotransmisor tiene un gran papel, dentro del cuerpo estriado, tanto en el aprendizaje como en la predicción de recompensas ante una conducta y, por ende, en la selección de estas y toma de decisiones. Altos niveles de dopamina suele tender al individuo hacía una sensibilidad hedónica, siendo la persona más propensa a la extraversión. En el caso contrario, unos niveles bajos se refleja en susceptibilidad al estrés y una predisposición a la introversión. Sin embargo, cabe destacar que este neurotransmisor actúa como guía hacía la acción pero no es el único responsable de este sistema puesto que todo forma parte de en conjunto más amplio donde otros muchos como los endocanabinoides, los opioides, el GABA o el glutamato también poseen un rol indispensable.

Los factores socioambientales, de nuevo, tienen gran responsabilidad. Los procesos de aprendizaje a los que la persona fue sujeto toman gran importancia. Por ejemplo, personas expuestas a un hábitat hostil de estrés continuo a cada paso caminado, acabarán teniendo expectativas bajas sobre todo aquello que requiera un mínimo esfuerzo. Este fenómeno cognitivo puede suponer un efecto en los niveles de neurotransmisores y, en caso de que la situación ejemplificada quede extendida en el tiempo, la dopamina acabará viéndose resentida influyendo a la persona en cuanto su susceptibilidad a placeres cortoplacistas donde será fácil percibir una rápida elusión de ese contexto hostil en que siempre se halla. Si esta conducta hacía el hedonismo sencillo se ve rápidamente reforzada por causar placer inmediato, tendremos el cóctel perfecto para causar una dependencia a ciertas conductas. Cuando este comportamiento se repita de manera asidua, la neuroplasticidad hará su trabajo y acabará siendo reforzado, consiguiendo un eficiente automatismo y compulsividad ante estímulos estresores. En palabras llanas, si nos acostumbramos a aliviar penurias con ciertas conducta (desde tomar drogas a hincharnos a pasteles o jugar a videojuegos), estas serán grabadas en el cerebro siendo altamente difícil de borrar a la vez que muy, pero que muy fácil, de activar cuando nos encontremos ante estímulos estresores que nos impulsen a buscar regocijo.

Finalizando este apartado, el placer que conduce a la aproximación tuvo una función altamente adaptativa, en antaño, donde lo dulce y sabroso conducía hacia alimentos más calóricos permitiendo sobrevivir ante la hambruna o el goce sexual perpetuando la especie. Aunque, en cierto modo, la sigue teniendo, gran parte de estos placeres pivotaron de la adaptabilidad a la incoherencia. La exposición continua a estímulos ultra placenteros, los cuales tenemos acceso por dos duros, nos guía a problemas epidémicos que acaban costando más de lo que aparentaban puesto que el ratio coste-beneficio que se saca de estos acaba siendo ridículo cuando los perjuicios son considerados. Sin embargo, tal vez la clave se halle en la sensatez y en la educación mas que en endemoniar sin ápice de consideración, tal y como ocurrió con el alcohol y la Ley Seca en el 1933.

Castigo en tela de juicio

Como hemos comentado, nuestro organismo tiende al placer y una gran exposición a sus fuentes puede desembocar en impulsividad originaria de varios problemas. ¿Qué hacemos ante ello? No pretendo adentrarme en lo políticamente correcto e incorrecto puesto que no es el objetivo de este artículo. No obstante, quiero hacer reflexionar al lector sobre ello. La sociedad suele recurrir a castigos negativos como la prohibición o, por otro lado, castigos positivos, NO actuando para nada en la etiología del problema, en su verdadera raíz.

Prohibicionismo
¿Hasta dónde es capaz de llegar la incoherencia del prohibicionismo?

Muchos en este punto se estarán preguntando a que me refiero en concreto y se debe entender que lo mencionado es aplicable a innumerables ejemplos. Veamos un caso en particular que esta surgiendo estos últimos años a raíz de diversas noticias sobre jóvenes adolescentes con adicciones a los videojuegos, suponiendo, a priori, consecuencias deplorables. Parémonos a pensar y analizar la situación antes de saltar al acecho, liarnos a vozarrones y quitarle la consola de manera indefinida. Chico de 15 años que suele sentirse vacío, es poco popular en el instituto con unas pobres expectativa de recompensa en cuanto los estudios y además vive en un ambiente poco afectivo y hostil, en resumen, no hay ninguna conducta ni área en la vida que le suponga cierto refuerzo y motivación a excepción de algo que descubrió unos años atrás, jugar a los videojuegos.

Sigamos comprendiendo el asunto: ¿Qué le ofrecen los videojuegos a diferencia de otras conductas? Le ayudan a olvidarse del displacer que le supone sus quehaceres diarios, libera ansiedad acumulada, crea amistades virtuales donde percibe un sentimiento de pertinencia, se divierte y vive. Hasta aquí entendemos el rol que le suponen los videojuegos, pero, volviendo a la realidad, este chico debe solventar sus problemas conductuales para reconciliarse con su ambiente. Debería cumplir unos estudios mínimos, debería aprender a relacionarse con la vida real y, a fin de cuentas, debería prepararse para valerse por sí mismo. A raíz de ello, sus padres, como buenos progenitores, toman las medidas que creen adecuadas donde la primerísima opción más recurrida es el castigo negativo, el buen prohibicionismo. Si se tiene un mínimo de empatía no será difícil predecir la reacción de alguien cuando le prohibes lo único que le da sentido a su vida: profunda aversión. 

Si este castigo como solución lo único que produce es rechazo generalizado causando más perjuicio que beneficio en el sujeto e incitando aún más su consumo, dime tu a mi por qué seguimos aplicándolos por doquier. De hecho, es como girarle la mirada a un incendio mientras este sigue creciendo. No se trata de vendarnos los ojos para no ver a la figura endemoniada que nos metieron en la cabeza personificada en drogas o juegos sino de atajar el problema de base que lanza a la persona a buscar contentamiento en las adicciones.

Si hacemos memoria, en el ejemplo del estudio de desintoxicación, dijimos que si existían más refuerzos había una clara competencia entre ellos. ¿Qué pasaría si en vez de incidir en la prohibición nos centráramos en crear nuevas vías y oportunidades que le ofrezcan al sujeto la posibilidad de elegir entre varios refuerzos? No me refiero a cambiar el tabaco por el hachís sino de crear alternativas que sean adaptativas y compatibles con una sana productividad y autosuficiencia durante la vida humana, proveer educación y apostar por la sensatez. Sabemos de sobra que la práctica es mucho más compleja que estos simples principios teóricos que presento pero, por dios, al menos evitemos los errores que se vienen cometiendo año tras año. Es triste decirlo, pero no hemos salido, en absoluto, de ellos.

Sé de antemano que este tópico es de difícil índole pero debemos comprender que este tipo de “problemas” conductuales están en pleno auge. Sin ir más lejos, la depresión se está convirtiendo en una de las principales causas de disfuncionalidad y nuestro entorno, querida sociedad, debería cambiar los ojos con los que mira a esta parte de la población dejando de lado esa proyección constante de marginalidad. 

No dudes en debatir, criticarme o compartirlo y suscribirte al blog si te ha gustado. Si ha sido de interés, el artículo “Carta a la madre de un toxicómano” prosigue con la temática.

Un abrazo,

Javi

Bibliografia utilizada para este artículo

  • Berridge. Psychopharmacology (Berl). 2008 Aug; 199(3): 457–480. Affective neuroscience of pleasure: reward in humans and animals.
  • Leknes. Nat Rev Neurosci. 2008 Apr;9(4):314-20. A common neurobiology for pain and pleasure.
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  • Robinson 2005. Behav Neurosci. 2005 Feb;119(1):5-15. Distinguishing whether dopamine regulates liking, wanting, and/or learning about rewards.
  • Scott et al. J Neurosci. 2006 Oct 18;26(42):10789-95. Variations in the human pain stress experience mediated by ventral and dorsal basal ganglia dopamine activity.
  • Sinha et al. Stress as a common risk factor for obesity and addiction. Biol Psychiatry. 2013. May 1;73(9):827-35.
  • Kringelbach and Berridge. Pleasures of the brain. Oxford 2010.

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