AdiccionesPsicología

Entendiendo la cura de las toxicomanías

trainspotting

“A veces pienso que lo hago porque mi subconsciente anhela un poco de silencio”

(Trainspotting, 1996)

Que una persona llegue a depender de una droga –sean o no habituadoras– es el resultado final de muchos años de presiones perjudiciales. Cuando las sustancias que provocan el olvido del desasosiego no están presentes, uno de los problemas es que la vida carece de sentido:

“Cuando un hábito se apodera de una persona, éste deja de interesarse por las demás cosas. La vida se dirige hacia la droga, hacia la toma inmediata y hacia la próxima. A menudo considera que lleva una vida normal y que la droga es accesoria: no se comprende que cuando no se ocupa de la droga se limita a actuar mecánicamente”

En otras palabras, es como pedirle a alguien con parálisis cerebral que corra 100 metros lisos en el menor tiempo posible. Cuando terminan los efectos de la última toma, muere en él su encanto personal percibido. Se convierte en una cosa inerte y la conciencia común es como un lento desierto en el centro de su ser; su vacío es sofocante. Trata de centrarse en otros quehaceres pero su expresión revela falsedad porque el problema central está en la amargura de saber que puede volver a la droga.

“Al principio está extraordinariamente confiado pero pronto queda silencioso, como si estuviera esperando que el hueco del presente sin droga fuera a llenarse milagrosamente. Es como un niño muerto de aburrimiento, esperando diversión hasta que su expresión se hace sombría. Su cara toma un aire desagradable: sé que ha decidido salir a buscar la droga”

El síndrome de abstinencia no es el centro del problema por el cual, un adicto, no pueda tener una exitosa rehabilitación. Sabemos que bien controlado no hay necesidad de que el toxicómano sienta más molestias que una gripe aguda. Sin embargo, la ciencia parece haber encontrado un frío muro en este punto cuando no empezó siquiera a atacar el verdadero problema de la dependencia. Superar el aspecto somático es dar el primer pasito antes de enfrentarse a una larga escalera compuesta de altos y gruesos escalones que producen vértigo.

“La meta es corregir al máximo los problemas de personalidad, proporcionar al paciente una sensación de firmeza, de confianza y de seguridad en sí mismo y un sentido de responsabilidad, así como reemplazar la sensación de ansiedad e inseguridad por otra de bienestar. Al mismo tiempo me convencí de que la introspección no era suficiente; que se imponía un intento constructivo de controlar y fortalecer la debilidad de una personalidad que había sido conducida al desastre. Se ha de intentar hacer comprender que el peligro se debe a desórdenes de la personalidad que deben ser corregidos”

Observamos que la mayor parte de programas de rehabilitación cojean en un esencial punto de inflexión que deja todo el éxito del proceso al carácter del que sufre la adicción. Se hacen pocos intentos por solventar el apoyo social intenso que necesitan los sujetos después de abandonar la droga. Por esto mismo, entre otros, la proporción de éxitos de los programas es demencialmente baja. Además de esta carencia, encontramos por parte del afectado una resistencia notoria a la psicoterapia con una falta de aceptación del terapeuta como humano capaz de influirle verdaderamente. Siempre han huido de la dependencia de los demás puesto que la droga es una manera de sentirse autosuficiente, capaz de crear propias satisfacciones, culpas y una existencia independientemente del mundo exterior.

Mencionado lo dicho, no es extraño encontrar mayores tasas de casos exitosos en casas de rehabilitación de monjas anglicanas. El terapeuta debe mostrar una firmeza y ejemplaridad impoluta para influir en la vida de las personas. En este aspecto observamos como las monjas presentan una vocación y estabilidad emocional que les permite proporcionar un considerable apoyo emocional.

De hecho, los ex-toxicómanos se muestran muy ligados a aquellos lugares, incluso colaborando apara ayudar a todas esas personas que sufrieron el mismo pedregoso camino. Hay innumerables variables que puedan contribuir a esta mayor tasa de éxito. Desconozco si unas son más importantes que otras pero por seguro que un contexto de mayor empatía y paciencia es altamente decisivo. Aclarando que no en cuanto a su bienestar sino a un entorno social que ayude a superar ese lapso temporal posterior a la crisis de abstinencia: una crisis existencial sobre el sentido de la vida.

“El toxicómano delincuente ha sido objeto frecuentemente no de una preocupación excesiva sino de demasiada poca preocupación por parte de la autoridad. Parece que la tolerancia profesional de psicoterapeutas/psiquiatras perjudique los esfuerzos inmaturos del toxicómano por controlar sus impulsos. Los pacientes piden frecuentemente mayor control y no menor vigilancia. Al mismo tiempo, no existe prácticamente nada que sugiera que el castigo per se perjudique o beneficie el toxicómano. Este precisa a alguien que se preocupe por su sinceridad e independencia.”

El paciente ordinario suele mostrar incontables ganchos de derecha e izquierda tanto al mundo como al terapeuta. La paciencia por parte de este último es una estrategia clave para que se establezca una conexión con el paciente. Sin embargo, es una realidad que poseen un caparazón macizo como si de una nuez se tratara y romper esta dura coraza solo es tarea de aquellos que poseen una firmeza y ejemplaridad impoluta como ya he mencionado.

Algunos centros confían en la fuerza como factor decisivo donde llegan a abogar por someter al individuo a críticas feroces e implacables, la burla y el ridículo con sistemas de rotación. Aunque algo chocante a primeras, pretenden ser una terapia de shock para enseñar a la persona a soportar el menosprecio manteniendo una vida amistosa: una lección de vida acerca de lo que piensen terceras personas. Lo que unos digan o piensen no tienen que condicionar nuestro bienestar interior o lo amigable que seamos. Destacar que esta experiencia catártica va acompañada al unísono de un marco social positivo que comprende profundamente sus problemas.

Es necesario entender que deshabituar a un adicto para luego abandonarlo a sus propios medios, es tan inútil como querer amputar una pierna para después pedirle que salga andando. Algo así ocurre con variopintos programas de “rehabilitación”. Esperar que un delincuente abandone la delincuencia sacándole de su círculo para meterlo en otro aún peor, es pedir milagros. Lo más coherente que pueda ocurrir en estos contextos no es que alguien deje de hacer barbaridades sino que se convierta en uno aún más áspero, duro y con una coraza de rígidos pensamientos que buscan regocijo en aquellos con los cuales se identifica.

Es preciso prolongar las rehabilitaciones en cuanto al aspecto psíquico. A veces lo necesario rebasa nuestros conocimientos tanto experimentados como hipotéticos. Sin dar soluciones, he intentado lanzar preguntas y encender reflexiones.

Saludos 😉

PD: ¿Es la toxicomanía la que acaba con la persona o la que la mantiene realmente viva?

Instagram y twitter: @JavierBartleby

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